¿Quién es Mayeya?

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Entre el rito, el reloj y la rebeldía

En Cuba, hay nombres que se convierten en leyendas antes de que sepamos exactamente qué significan. Mayeya es uno de ellos. Lo hemos cantado en fiestas, lo hemos invocado bajo la lluvia y, en algunos rincones de la isla, incluso lo hemos usado para desafiar al poder. Pero, ¿quién es realmente este personaje que habita en nuestro imaginario colectivo?

El bautizo de cerveza: Una rebelión en clave de Son

Cuentan que en un pueblo del interior,en la década de los ochenta, vivía un jefe de sector de la policía apodado “Mayeya”.

No era un hombre querido; su nombre era sinónimo de represión. Sin embargo, una noche de fiesta en el club social, el pueblo hizo catarsis.

Cuando la orquesta arrancó con el clásico estribillo, el aire se llenó de un grito unánime: “¡Agua pa’ Mayeya!”. Pero no fue un grito de alegría, fue un acto de desobediencia civil. Vasos de ron y cerveza volaron por los aires, empapando el ambiente en un “bautizo” colectivo de desprecio hacia el represor.

Aquella noche hubo arrestos por desorden público, pero el pueblo se fue a dormir con una sonrisa: habían usado la música como un escudo y el nombre de Mayeya como un proyectil de libertad.

El “embaraje” sagrado: ¿Mayeya o Yemayá?

Para quienes vivimos la santería en la Habana Vieja, como yo, sabemos que la fe a veces tuvo que caminar de puntillas. Durante las primeras décadas del siglo XX, practicar ritos afrocubanos era tildado de “atraso e ignorancia”. Fue en ese contexto de estigma donde nació el “embaraje”: el arte de esconder lo sagrado bajo lo cotidiano.

Mayeya es Yemayá al revés.

Ignacio Piñeiro lo entendió perfectamente cuando en 1928 compuso “No juegues con los santos”. Al invertir las sílabas del nombre de la dueña de los mares, los babalaos y bailadores podían invocar a su diosa sin ser señalados. Era un código secreto: mientras la burguesía creía escuchar una guaracha sobre una mujer caprichosa, el devoto estaba rindiendo tributo a la Madre del Mundo.

El hombre que guardaba el tiempo en las flores

Pero el mito también tiene carne y hueso. En el municipio avileño de Venezuela existió un Mayeya que no era ni deidad ni policía.

Se llamaba Joseito Agüero González, un jardinero analfabeto de “media lengua” que poseía una gracia divina: era un reloj humano.

Joseito daba la hora con pasmosa exactitud sin haber tocado un cronómetro en su vida. A los niños les contaba que de pequeño se había “bebido el agua de un reloj despertador machucado”, pero su verdadera ciencia estaba en la tierra. Observaba cómo se abrían las flores al amanecer y cómo se recogían al caer la tarde.

Para él, un jardín descuidado era “como una mujer despeinada”. Poco antes de morir en 2002, nos dejó una última lección de humildad al susurrar: “Amigo, el reloj está roto”. Su tiempo, el tiempo de la naturaleza, se había cumplido.

Mayeya en el cubaneo y el aguacero

Hoy, la frase ha trascendido los altares y los bateyes para instalarse en nuestra rutina más simple. “¡Agua pa’ Mayeya!” es el grito de guerra cuando el cielo se pone gris plomo y descarga ese aguacero torrencial que nos devuelve la vida después del calor sofocante.

Es la exclamación jocosa cuando nos bañamos a jarrazos de una cubeta o cuando limpiamos la casa para sacar “lo malo”. Y si pasa alguien por la calle cargando un colchón y la gente grita ¡agua, agua!, por aquello de las chinches, no faltará quien agregue “ pa’ Mayeya”. Es, en esencia, nuestra forma de pedir frescura, alivio y renovación, como cuando “le damos agua al dominó”, porque el agua purifica y renueva.

Mayeya no es una sola persona. Es la suma de nuestras resistencias, nuestra fe y nuestra asombrosa capacidad de observar el mundo. Es la diosa que nos cuida desde el mar, el hombre humilde que nos da la hora desde su jardín y el pueblo que, entre un trago de ron y un aguacero, siempre encuentra una razón para cantar.

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