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Los campos de trabajo forzado en Cuba

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UMAP es la sigla de Unidades Militares para Ayuda a la Producción. Fueron creadas en noviembre de 1965, como otro instrumento de control y represión de la población por parte del régimen comunista encabezado por Fidel Castro.

Estas unidades militares eran en realidad campos de trabajo forzado en los que se internaba a ciudadanos considerados por el régimen “no aptos” o “antisociales” que habían sido aprehendidos durante redadas por sorpresa en ciudades y pueblos a lo largo y ancho de la Isla, sobre todo en la capital La Habana. En las operaciones se capturaba para su internamiento no solo a supuestos «vagos habituales», sino también a religiosos, homosexuales, objetores de conciencia y opositores políticos, así como cualquier persona considerada desviada del modelo de ciudadano revolucionario.

Algunos artistas (actores, bailarines y pintores) e intelectuales LGBTIQ+., y también músicos y cantautores, entre los que se destaca el caso de Pablo Milanés (1943-2022), guitarrista, compositor y cantautor, fundador del movimiento conocido como la Nueva Trova, y quien en su momento pasó a ser «la voz de la Revolución Cubana».

La mayoría de los campos de trabajo forzado estuvieron ubicados en la provincia de Camagüey, en el centro del país, en zonas rurales aisladas y de difícil acceso.

Finalmente, la existencia de los más de 70 campos de la UMAP terminó al cabo de tres años, en 1968. La UMAP representó un mecanismo de represión cultural y social que afectó profundamente el mundo artístico cubano.

El escritor Reinaldo Arenas, quien también sufrió persecución oficial por su homosexualidad, aunque no estuvo internado en ningún campo de la UMAP, en su autobiografía «Antes que anochezca» describe y denuncia estas prácticas del gobierno cubano como parte del sistema de represión que afectó a muchos amigos y conocidos en medio del clima de terror que él mismo vivió. La persecución de Reinaldo Arenas culminó en una condena de dos años de prisión en el Castillo del Morro, acusado falsamente de «abuso sexual» y de «intentar sacar manuscritos del país.

Además de los artistas e intelectuales, miles de creyentes de diversas denominaciones sufrieron este cautiverio. Un testimonio fundamental es el de Alberto Muñoz, pastor protestante que en sus relatos describe la resistencia de la fe frente a la reeducación forzada. Del mismo modo, el fallecido Cardenal Jaime Ortega y Alamino plasmó en su obra Encuentro con la verdad su paso por estos campos como seminarista, recordándonos que las UMAP fueron también un intento de silenciar la espiritualidad en favor del dogma político.

Los Testigos de Jehová fueron quizás el grupo religioso más numeroso en la UMAP, si consideramos el número de practicantes que existía en la Isla en aquel entonces. Fueron tratados con especial dureza al ser considerados objetores de conciencia; su negativa a realizar saludos militares o vestir el uniforme los convirtió en blanco de constantes castigos en un intento de quebrar su voluntad.

El cerco de las UMAP también se cerró sobre los jóvenes que adoptaban modas consideradas ‘extranjerizantes’. Tener el pelo largo, vestir pantalones ajustados o escuchar música en inglés (especialmente rock de bandas como The Beatles) era interpretado como una forma de ‘diversionismo ideológico’. Estos jóvenes, a menudo tachados despectivamente de ‘hippies’, fueron reclutados a la fuerza bajo la premisa de que su conducta era decadente y contraria a los valores marciales del hombre nuevo. En los campos, el corte de cabello obligatorio y el trabajo agrícola extremo buscaban erradicar cualquier rastro de esa identidad cultural que el sistema consideraba una amenaza de influencia imperialista.

La herencia de las UMAP no solo reside en los archivos históricos, sino en la huella imborrable que dejó en la identidad de una generación de intelectuales y artistas cubanos. A pesar del silencio oficial que rodeó estos campos durante décadas, testimonios como los de Pablo Milanés o las crónicas de Reinaldo Arenas han permitido que la verdad salga a la luz.

Recordar estos episodios no es solo un ejercicio de memoria, sino un acto necesario para entender las complejidades y las heridas de la cultura cubana contemporánea, reafirmando que el arte y la libertad individual siempre encuentran la manera de sobrevivir, incluso tras las cercas de alambre.»

Lecturas recomendadas

Enrique Ros: Las Umap: el gulag castrista

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