Ni Raúl Castro es el abuelito bondadoso que la propaganda insiste en pintar, ni el conglomerado militar GAESA es una Cenicienta a la que el «bloqueo» le robó el zapatico.
Érase una vez una isla que prometía ser el faro de la justicia social, pero cuyo cuento de hadas terminó, convirtiéndose en una distopía verde olivo. Hoy, detrás de la retórica gastada y los discursos de continuidad, la realidad de Cuba se define por un nombre que no rinde cuentas a nadie: GAESA (o GAE, en su más reciente intento de embarajar el tiro para pasar gato por liebre ante las sanciones internacionales).

Cuba ya no se gobierna desde ministerios civiles; se administra como el feudo privado de un grupo de militares dictadores, ambiciosos y desconectados del dolor de su pueblo. GAESA es, en realidad, un Estado dentro del Estado. Un pulpo voraz que controla desde las remesas y las tiendas en MLC hasta las cadenas hoteleras de lujo.
Mientras los hospitales públicos se caen a pedazos, las farmacias están vacías y los cortes de luz devoran más de doce horas diarias de la vida de los cubanos, la cúpula militar no ha dejado de levantar torres de hormigón y cinco estrellas en La Habana.
¡La peste el último!
Pero el mercado y la realidad no entienden de decretos totalitarios. Se acabó el pan de piquitos. Hoy, esa estrategia de apostarlo todo al turismo de lujo ha colapsado estrepitosamente. Asistimos a la estampida de las grandes cadenas hoteleras internacionales —como Meliá e Iberostar— que, asfixiadas por la quiebra de los suministros, los impagos del régimen y el corralito financiero de las divisas, prefieren rescindir contratos antes que hundirse con el barco. Al grito de «recoge, que nos mudamos», una tras otra van abandonando al antiguo aliado por miedo a las sanciones que les impondrá la administración Trump. Marco Rubio y Trump le han declarado la guerra a Gaesa. “Te conozco mascarita, le dice Rubio a Gaesa, aunque vengas disfrazada como la tierna GAE”.
Por otra parte, para el turista internacional, e incluso para la diáspora que busca un alivio para los suyos, Cuba dejó de ser una opción viable; hoy Punta Cana o Cancún ofrecen la dignidad, el servicio y la abundancia que los militares cubanos destruyeron en su propio suelo.
De una fiesta que casi termina como la del Guatao
Si alguien quiere ver la radiografía exacta de esta decadencia, solo tiene que mirar las imágenes de las recientes «fiestas» oficiales de inicio del verano. Es el retrato de la impunidad: un derroche de vulgaridad y mal gusto. Ya no se ven los turistas dorados por el sol, ni a las familias de la comunidad en el exterior intentando regalarle unos días de felicidad a sus seres queridos. En su lugar, el paisaje lo ocupan influencers dóciles y artistas decadentes, llenos de cadenas de oro hasta los dientes, bailando sobre las cenizas de un país en ruinas.
Es la estética de la chabacanería financiándose con el hambre del pueblo. Mientras esa farsa se graba para las redes sociales detrás de los muros de los resorts, la verdadera Cuba ruge en las calles. La paciencia histórica tocó fondo. Las consignas de la diáspora —«Patria y Vida» y «Abajo la dictadura»— conviven con la realidad de los barrios de la isla, donde la gente pide libertad a golpe de caldero vacío.
💣Está despertando la Franja de Gaesa
La Franja de GAESA ya no tiene más fábulas que vender. El cuento se ha terminado, y lo que queda a la vista de todos es un monopolio verde olivo que se aferra al poder, mientras el país real exige, con el último aliento de sus cazuelas, el fin de la dictadura.
Si quieres entender —y desmontar— el lenguaje con el que durante décadas se ha maquillado la realidad, te invito a adquirir el diccionario. No es solo un compendio de términos: es una herramienta para leer entre líneas, para llamar a las cosas por su nombre y para no dejarte confundir por eufemismos interesados. Porque cuando el poder manipula las palabras, comprender su verdadero significado es el primer acto de libertad.

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