Entre la picardía, el «choteo» y el son
De los sustos de la infancia a los diablos de la realidad
Todos los que crecimos en Cuba tenemos alguna de estas historias grabadas en el pozo de los recuerdos infantiles. En mi caso, el miedo tenía garras y forma de mito campesino: el niño del diente largo. Recuerdo perfectamente cómo mi tía me aterrorizaba con el cuento de aquel caminante nocturno que encontraba a un supuesto bebé abandonado en la maleza. El hombre, compadecido, lo recogía en sus brazos, pero al abrir el pañal donde estaba envuelto para revisarlo, se topaba con un espectro horripilante que lo miraba fijamente y le decía: “Taitica, mira mi diente”.
Pasé muchas noches sin dormir, con la mirada clavada en la penumbra del cuarto, temblando de pánico ante la idea de que se me apareciera aquel espectro del diente largo, que para mi mente infantil era el mismísimo diablo en persona.
Sin embargo, el tiempo pasa y la inocencia se deforma. Con los años, la realidad de la isla te obliga a aguzar la vista y a madurar de golpe. Fue así como aprendí que los verdaderos diablos no se esconden en la maleza de los caminos esperando a que alguien les abra un pañal. Los verdaderos diablos de la vida real estaban afuera, caminaban a plena luz del día a la vista de todos, y en lugar de un colmillo largo, venían elegantemente vestidos de guayabera o con uniforme verde olivo.
El diablo en la cultura popular cubana
En muchas culturas occidentales, invocar al diablo es sinónimo de terror, azufre y condenación eterna. Sin embargo, al cruzar las fronteras de la identidad cubana, el «maligno» sufre una metamorfosis radical. Despojado de su solemnidad medieval por obra y gracia del choteo criollo, el diablo en Cuba no es un monstruo que aterroriza; es un vecino astuto, un juerguista incorregible o un tipo con una labia tremenda al que, si te descuidas, se le escapa un chiste.
El diablo habita el día a día de la isla, no en los altares del miedo, sino en las esquinas del idioma y en las letras de nuestra música popular.
El Diccionario del Diablo: Locuciones y Modismos de la Isla
La riqueza del habla coloquial cubana utiliza la figura de este personaje para medir la astucia, la distancia o la pura mala crianza. Si analizamos las expresiones más comunes, descubrimos una radiografía de la viveza criolla:
Medidores de astucia e ingenio
- «Escapársele al diablo por debajo de la capa (o de un cuerno)»: En Cuba, para engañar al demonio hay que ser un verdadero artista de la calle. Esta frase define a la persona escurridiza, sumamente lista y que siempre encuentra una salida matemática a cualquier problema.
- «Ser la pata del diablo»: Olvídate de la maldad. Si una abuela te dice que tu hijo «es la pata del diablo», te está diciendo que el niño es un torbellino de travesuras, un pícaro ingenioso que tiene una chispa y una ocurrencia para cada situación.
Distancias, apuestas y verdades absolutas
- «Donde el diablo dio las tres voces (y nadie lo oyó)»: El equivalente cubano al fin del mundo o a los quintos infiernos. Es ese lugar recóndito, monte adentro, adonde no llega ni el transporte público.
- «El diablo y la capa» (o «El diablo y la vela»): Una expresión cruda y popular para referirse a la totalidad, a todo el mundo sin excepción.
- «¡Que el diablo me escupa el culo si…!»: Una interjección vulgar pero rotunda. Es la apuesta definitiva; cuando un cubano suelta esto, es porque está dispuesto a jugárselo todo a una sola carta porque sabe que tiene la razón.
La incertidumbre de la vida diaria
- «Del diablo son las cosas»: La filosofía de la resignación y la sorpresa. Significa que uno nunca sabe qué puede pasar, porque el destino es caprichoso (como cuando dices: «Del diablo son las cosas y mañana tampoco cesa de llover»).
- «Meterle el diablo en el cuerpo a alguien»: El arte de sembrar la cizaña, la sospecha o una profunda preocupación que no deja dormir a la otra persona.
- «Querer estar con Dios y con el diablo»: El retrato del indeciso o del oportunista. Aplica a quien intenta mantenerse neutral, absteniéndose de tomar partido en un conflicto para quedar bien con ambas partes (una misión, por demás, imposible).
El Diablo viste de gala: «El Diablo Tun Tun» y la música popular
El habla popular no se queda encerrada en los diccionarios de la calle; salta directamente a la pista de baile. El ejemplo más perfecto de este fenómeno es el clásico “El Diablo Tun Tun”, una joya de la música popular cubana compuesta por Julián Gutiérrez e inmortalizada por la inconfundible voz de Miguelito Cuní.
En este tema, lanzado bajo la etiqueta de Legends of Cuban Music, el ritmo festivo y la instrumentación acústica arropan a un diablo que parece salido de un solar habanero o de una fiesta de etiqueta:
- Un caballero distinguido: Lejos de los tridentes y las llamas, este diablo toca a la puerta con educación («tun tun»). Es un personaje carismático, elegante, seductor y de excelentes modales.
- El detalle de la opulencia: El texto destaca un elemento brillante de la estética popular: ¡el diablo tiene dientes de oro!
- ¿Su objetivo?: No viene a comprar almas a cambio de pactos de sangre. Viene, sencillamente, a encender el baile y a “llevarse a las mujeres”.
Como bien señala el musicólogo César Miguel Rondón, este tema combina con maestría el folclore cubano con un tono lúdico y romántico, transformando un mito terrorífico en un pretexto para la diversión y el coqueteo.
Conclusión: El triunfo del ingenio sobre el miedo
Al final, la representación del diablo a lo cubano es el reflejo de un pueblo que históricamente se ha negado a dejarse intimidar por las sombras. Al integrarlo en el habla cotidiana como un sinónimo de astucia, y al ponerlo a cantar sones con dientes de oro en la voz de Miguelito Cuní, el cubano logra domesticar al demonio a base de ritmo y humor. Una válvula de escape necesaria para entender que, frente a los verdaderos infiernos terrenales y los demonios de carne y hueso, el diablo del folclore es, al final del día, el menor de nuestros males.
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