Tápale la boca a ese perico

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El arte cubano de cantarle la verdades

El título de esta crónica no es una frase cualquiera; es el estribillo de una canción que encendió el carnaval del año 1970 en Cuba, una obra que terminó siendo proscrita y que le costó la prisión a su autor. ¿El motivo? Atreverse a musicalizar el descontento popular y retratar, con el humor punzante que nos caracteriza, uno de los fracasos más grandes de la historia nacional.

La maraña de los diez millones y el llanto del dictador

Recuerdo aquellos carnavales de 1970 como si fuera hoy, aunque era apenas una niña. Veníamos de un año larguísimo y gris; dieciocho meses sin fiestas navideñas porque todo se había sacrificado en nombre de una meta obsesiva. Fueron tiempos tristes y difíciles para un pueblo al que le apasiona festejar. Para mí, la tristeza fue doble, pues coincidió con la pérdida de mi padre, dejando una marca imborrable en mi familia.

Hace un tiempo, un amigo nos comentaba que no entendía cómo el pueblo cubano se había dejado seducir por Fidel Castro: un hombre de mucha labia, pero con «cara de tranca», un patón que jamás supo bailar ni se le vio haciéndolo. ¿Cómo una sociedad tan alegre y fiestera terminó siguiendo a alguien que canceló las Navidades, prohibió el Día de Reyes, degradó los carnavales y desterró de la radio a cuanto artista popular disintiera de sus ideas?

La respuesta colectiva llegó de la forma más inesperada. Tras el esfuerzo descomunal de un país entero volcado en la zafra, el dictador apareció en televisión. Con voz llorona, entrecortada y un rostro de circunstancias que contrastaba con su soberbia habitual, soltó la bomba: «Tenemos que reconocer que dolorosamente no podemos hacer los diez millones».

La respuesta popular no se hizo esperar, y apareció en pleno carnaval. Se dice que fue el gran Tata Güines quien le dio ritmo a la alegoría que el pueblo adoptó de inmediato para desahogar su frustración:

«Tápale la boca a ese perico, que está llorando con la maraña que ha hecho y está gritando».

El «perico» —ese animal que solo repite consignas— pasó a ser el gobernante; la «maraña», el desastre económico que paralizó al país. Los cubanos se desahogaron cantando y bailando la verdad en las narices del régimen. Los hechos posteriores, la censura y la represión a quienes la cantaban, se los dejo a su imaginación. El perico del 70 ya no está; se fue, se convirtió en piedra.

El perico de hoy: Ineptitud en la era digital

Los tiempos han cambiado, y los de ahora son los que llegaron después: el puesto a dedo por Raúl Castro y toda una pandilla que haría sentir envidia al mismísimo Alí Babá.

El perico de hoy es un gobernante con aún menos carisma que el de aquel entonces. Se para frente al pueblo a llorar culpas ajenas: que si el imperialismo, que si el bloqueo, o que si el «tóxico» exilio no ha acogido unas medidas económicas que probablemente sacó de una de esas inteligencias artificiales (que también se equivocan cuando quienes las usan son personajes ineptos y malintencionados).

Llevan meses llorando, él y toda su curia de maleantes. Pero el pueblo ya no es el de antes; ya no queda fe en el proyecto socialista. El ciudadano común no aparece en ninguna de las famosas 176 medidas, a no ser para ser despojado de lo poco que le queda. Hoy ya no hay carnavales para descargar la frustración, ni válvulas de escape migratorias sencillas. Les han tapado el hueco y la olla sigue acumulando presión. El miedo del régimen es tal que este año se le prohibió la salida a la famosa conga de Los Hoyos de Santiago por temor a las aglomeraciones.

Cuando los pueblos prefieren tigres y no pericos

Mirando el panorama internacional y siguiendo de cerca los procesos recientes en la región, he llegado a una conclusión: los pueblos se han cansado de la solemnidad hipócrita y de la tristeza militante.

Tomemos como ejemplo a Colombia, un pueblo tan alegre como el cubano. ¿Cómo iba a preferir a un exguerrillero malencarado por encima de liderazgos que, además de ser exitosos en sus profesiones, se adaptan a los nuevos tiempos, muestran su lado humano en redes sociales, tocan el piano, cantan o usan símbolos disruptivos como la motosierra de Milei en Argentina? Incluso figuras como Trump entienden el valor de un cameo televisivo para conectar con la gente.

Los presidentes de ahora pertenecen a otro material. Nadie quiere ya a dirigentes grises y frustrados que prometen prosperidad y solidaridad con los pobres solo para afianzarse en el poder y convertirse en corruptos, como ha ocurrido con los gobernantes cubanos, venezolanos, nicaragüenses o el propio expresidente español Zapatero.

La gente no quiere promesas eternas ni sacrificios sin fin; quiere mano fuerte, realidades tangibles y, sobre todo, la libertad de poder cambiarlos en las urnas cada cuatro años si no cumplen lo prometido.

La Conga de los Hoyos

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