Cuba es un teatro permanente. Para sobrevivir al día a día, el cubano ha aprendido a dominar el arte dramático: salir a la calle exige ponerse la careta. Está la máscara de la integración para la asamblea, la del «inventor» que todo lo resuelve, y esa armadura del «macho de barrio» que posa de imperturbable. En una sociedad colectiva, esa sobrecaracterización no es vanidad; es un escudo. Sin embargo, el lenguaje popular —siempre afilado— creó su propio antídoto contra la simulación: el dichave.
Derivado del portugués deixar ver (dejar ver), dichavarse es el error fatal. Es el milisegundo en el que la actuación falla y el personaje se rompe. Ocurre cuando un descuido delata un negocio ilegal, pero también cuando la fachada de guapo se derrite porque el tipo está irremediablemente «muerto» con una jeva. El cuerpo traiciona, los ojos delatan y el individuo termina por mostrarse tal y cual es, una frase vieja pero sabia.
En ese instante de descaracterización ocurre la ruina social. En otros países de Hispanoamérica se le conoce como «mostrar el cobre», aludiendo a las monedas falsas que perdían el baño de oro con el roce. En Cuba, las consecuencias varían según el escenario: en el código del barrio, se te cae el cartelito (la reputación de tipo duro); en las esferas de la apariencia material, se te cae el caché. Es, en buen castellano, perder el barniz: ver cómo esa capa superficial de brillo y sofisticación se disuelve para dejar al descubierto la madera rústica y real.
Romantizando el dichave
Es la canción que se oye hoy en todas las fiestas cubanas. Pertenece a ese grupo de composiciones musicales que el cantante y compositor cubano Ronkalunga califica como «pornografía auditiva», por estar llena de expresiones y estribillos vulgares, pero altamente pegajosos. Se dice que es la primera canción del género reparto que ha escalado a la primera posición de los Billboard y se baila en coreografías en todas las redes sociales. No es de extrañar en estos tiempos en que Bad Bunny es considerado uno de los mejores compositores de la historia de la música. Pero no soy musicóloga y como siempre digo, lo mío son las palabras, las expresiones que conforman el habla popular cubana actual y que recoge todos los registros, desde el culto hasta el vulgar.
La canción trata del macho, el tanke, el héroe repartero, ese tipo duro que se derrite por una chica que tiene ese «algo especial» que lo tiene enganchado o como dirían en mi barrio “está embollado”. Entonces ahí viene el dichave, cuando reconoce que no es tan duro ni tan macho como aparenta y que esa mujer puede hacer con él lo que desee.
Hoy, la música de reparto satura el aire , pero también son una fuente para estudiar el habla popular cubana actual. En una entrevista le preguntaron a uno de sus intérpretes por qué el creía que su canción tuviera tanto éxito a nivel internacional y el joven respondió que “por las palabras cubanas”.
Conclusiones
Y detrás del ruido de las composiciones musicales del momento, la dinámica sigue intacta. En el gran carnaval cubano, la verdadera tensión no está en la música; está en esa guerra silenciosa entre el esfuerzo diario por sostener la máscara y el miedo eterno a un desliz que te deje desnudo ante los demás.
Yo por mi parte prefiero la música más inteligente, esa que me habla más al cerebro y no a los sentidos. Entonces, Bienvenidos a la feria de los tontos, donde el juego consiste en seguir actuando para que nadie descubra lo que hay detrás de la careta.



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