El Carnaval desdibujado: De la elegancia de febrero a la crónica del «tanque»

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Memoria y realidad a veces colisionan de forma dolorosa. Quienes tuvimos la suerte de vivir La Habana de mediados del siglo pasado guardamos en la retina un mapa de la ciudad que hoy parece extraído de un cuento de hadas o de una postal de otra época. Febrero era el mes esperado; el invierno cubano cedía su frescura a la celebración más elegante de la isla: el Carnaval.

Ir al carnaval entonces era un acontecimiento familiar que se vivía con distinción. Recuerdo la expectación desde los palcos que mi padre reservaba con esmero, un oasis perfecto para observar el desfile a resguardo del sofocante calor que más tarde lo inundaría todo. Aquello era un despliegue de luces, buen gusto y esplendor; las carrozas, verdaderas obras de arte escenográfico donde desfilaban las figuras más populares del momento, evocaban la majestuosidad de un minidesfile de Macy’s en vísperas de Acción de Gracias. Y en el asfalto, las comparsas marcaban el ritmo con un señorío inigualable. Mi favorita indiscutible eran los Guaracheros de Regla: verlos avanzar con sus trajes impecables, su paso coordinado y esa elegancia innata para el baile popular, era asistir a una lección de cultura y respeto por el público.

Incluso en la época republicana, cuando la sátira política y la «chota» cubana se colaban en las congas callejeras —como aquel famoso estribillo de «Ahí viene el perico / con una mesa / que dice… ¡viva Menocal!» que el gobierno de turno se apresuró a prohibir—, el límite de la decencia colectiva y el ingenio artístico permanecían intactos. La censura era política, no moral, porque la fiesta pertenecía a las familias.

Sin embargo, como ocurrió con tantas otras costumbres y tradiciones arraigadas en nuestra identidad, llegó el Comandante y mandó a parar… y nunca para mejor. Bajo el pretexto de no interrumpir la zafra azucarera, se tomó la nefasta decisión de mudar los carnavales a los meses de julio y agosto. Sustituir la brisa de febrero por el implacable y húmedo verano habanero fue el primer hachazo a la tradición.

Con los años, el Carnaval no solo cambió de fecha; se fue degradando hasta volverse irreconocible. El esplendor material se desvaneció junto con la escasez, las carrozas monumentales desaparecieron y las pocas que sobrevivieron se convirtieron en plataformas de espectáculos chabacanos y bailes sinuosos, carentes de toda gracia y poco apropiados para una fiesta familiar. Poco a poco, el desfile dejó de ser el atractivo. El plan se redujo a visitar los quioscos para comprar algo de comida, buscando aquellas famosas empanadas de carne y queso que, previsiblemente, también terminaron por desaparecer. El espacio público fue tomado por el abandono: letrinas improvisadas con un insoportable olor a heces y orina, y una fauna lamentable de «mano muertas», recabuchadores y jamoneros que convirtieron la antigua fiesta de la elegancia en un entorno hostil y peligroso.

Pero quizás el síntoma más trágico de esta decadencia no sea material, sino moral y lingüístico. Lo que jamás habría imaginado ver en mi niñez es el espectáculo inconcebible de niños y jóvenes coreando en plena calle estribillos que glorifican la marginalidad y la delincuencia. Escuchar frases como «Pincha, que yo te cargo la jaba» —una abierta apología a la violencia carcelaria, donde se incita a apuñalar con la promesa de recibir sustento en el «tanque»— es la prueba irrefutable de un tejido social roto.

Cuando los referentes de la juventud dejan de ser la elegancia y la destreza de los Guaracheros de Regla y pasan a ser los códigos de presidio, se evidencia el fracaso de un sistema que prometió un «hombre nuevo» y terminó por entronizar la chabacanería más dura. El Carnaval de La Habana murió cuando perdió su inocencia, recordándonos que cuando se destruyen las tradiciones de un pueblo, lo que queda en su lugar rara vez es hermoso

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