Llevo días queriendo sentarme a escribir, pero las ideas simplemente no fluían. No por falta de temas, sino por la abrumadora mezcla de indignación y tristeza que me han dejado tres hechos recientes que han sacudido las redes sociales. Tres acontecimientos en apariencia distintos, pero que, al final del día, me llevan exactamente al mismo doloroso punto de partida: ¿tiene salvación la sociedad cubana?
1. El cuervo, el cordero y la pérdida de la brújula moral
Del lamentable episodio donde un supuesto «artista» se jacta públicamente de haber cometido zoofilia, poco hay que decir sobre el personaje en sí. Lo verdaderamente escalofriante y lo que encendió mi indignación no fue solo el acto, sino la reacción de algunos en redes intentando restarle importancia bajo el argumento de que «eso es normal en las zonas rurales».
No, no es normal. Que una conducta repudiable ocurra o se haya silenciado en el tiempo no la convierte en algo aceptable. Intentar naturalizar la degradación animal o humana es el síntoma de una sociedad a la que le han desmantelado los límites éticos más elementales.
2. Luis Manuel Otero y la crueldad del canibalismo digital
Aún asimilando esos comentarios, llega a Miami el artista contestatario Luis Manuel Otero Alcántara, tras sufrir cinco duros años en las cárceles del régimen. Y en lugar de un abrazo colectivo o un respiro de empatía, las redes se inundaron de hipercrítica y sospecha. Que si tenía «buen semblante», que si vestía de cierta forma, que si llevaba un reloj de miles de dólares…
Tanto él como su equipo han tenido que salir a dar explicaciones absurdas sobre cómo sobrevivió, cómo salió o cómo adquirió sus pertenencias. Siento un vínculo muy especial con el barrio de San Isidro, donde me crié y viví hasta que emigré. He seguido de cerca la trayectoria de Luis Manuel: vi a un joven valiente enfrentarse a cara descubierta a los esbirros, y vi a un hombre tratar de mantener la dignidad en el cautiverio.
Nadie puede devolverle los cinco años que le robaron por pensar diferente. Si es o no el líder perfecto que algunos esperaban para tumbar la dictadura, no lo sé. Pero me horroriza ver cómo la gente juzga y condena detrás de una pantalla, sin pruebas ni empatía, devorando a las mismas víctimas del sistema.
3. El ridículo del poder mientras la realidad se cae a pedazos
Para rematar el cuadro, vemos al gobernante de turno dando entrevistas, intentando posar de poeta, enredándose con citas mal hechas y haciendo el ridículo una vez más. Mientras tanto, en las calles de la isla los calderos suenan con más fuerza, más cubanos son encarcelados por protestar pacíficamente, y el hambre y los apagones sofocan a la población en medio del calor del verano.
La desconexión del poder es absoluta, pero la desesperanza abajo es desgarradora.
El mal común: ¿Qué es el daño antropológico?
Al conectar estos tres episodios, la respuesta a por qué actuamos así surge de inmediato: estamos enfermos de daño antropológico.
El concepto de daño antropológico —popularizado en el pensamiento cubano por figuras como Dagoberto Valdés— no habla solo de la ruina económica o la falta de libertades políticas. Habla de la deformación ética, psicológica y humana infligida a generaciones enteras tras seis décadas de control totalitario.
El daño antropológico se manifiesta cuando:
- Normalizamos la degradación: Aceptamos la miseria moral o el abuso como algo «habitual».
- Desconfiamos del semejante: Practicamos el canibalismo social, atacando al hermano o al perseguido antes que al verdadero opresor.
- Sobrevivimos en la doble moral: Aprendemos a simular para adaptarnos, perdiendo el sentido de la verdad y de la solidaridad.
- Caemos en la indefensión aprendida: Asumimos que nada va a cambiar y nos resignamos a la apatía o a la destrucción mutua.
¿Tendremos salvación?
El daño antropológico es la herida más profunda de Cuba porque no se cura simplemente con un cambio de gobierno o una reforma económica. Exige una reconstrucción moral y civil que tomará años.
¿Tenemos solución? Quiero creer que sí, pero no vendrá de ningún mesías ni de un evento mágico. La salvación empieza por mirarnos al espejo, ejercitar la empatía, desaprender los vicios del totalitarismo y negarnos a participar en el linchamiento y la deshumanización del otro.
Escribir esto hoy es mi pequeña manera de no dejarme vencer por la anestesia. Y tú, ¿cómo ves el futuro de nuestra gente?


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