Nací y crecí en la barriada de Belén, pegada a San Isidro. Fui a estudiar primaria a aquel cuartel convertido en escuela en Picota entre Paula y San Isidro, muy cerca de la casa natal de José Martí, cuando se hizo moda convertir los cuarteles en escuela antes que Cuba entera se convirtiera en un cuartel.
Mi infancia y adolescencia transcurrió en aquel barrio con amiguitas de todos los colores, entre altares, solares y gente que hablaba un cubano que en la escuela nos corregían pero que en la calle era la norma. Y como mi familia era blanca y del campo, nos distinguíamos de los demás, pero nos integrábamos en aquella utopía de que «todos eramos iguales». Viví allí hasta los 48 años entre guapos y aseres, gente pobre y honrada, otros no tanto, como en todas partes, hasta que logré emigrar.
No hace falta ser socióloga para entender lo que pasa hoy en esos mismos barrios: solo hace falta haber vivido ahí. Y lo que pasa es esto: la gente que más está poniendo el pecho en la lucha por la libertad de Cuba no es la que más se parece a quienes históricamente han hablado en su nombre — ni el Gobierno, ni el exilio.
Los números no mienten
El propio Gobierno cubano reconoció ante la ONU, en diciembre de 2024, que el país es 66,3% blanco, 9,5% negro y 24,2% mulato. Con esa foto demográfica en la mano, mira esta otra: para abril de 2025, de los 1.155 presos políticos y de conciencia registrados en la isla, el 73% eran afrodescendientes. No es casualidad, es aritmética del racismo estructural funcionando con la precisión de un reloj suizo.
Y no es solo la cárcel. Estudios independientes llevan años señalando que la inmensa mayoría de los negocios privados en Cuba —más del 95%— están en manos de blancos, y que el acceso a algo tan básico como una cuenta bancaria sigue estando repartido de forma desigual según el color de la piel. Los barrios donde más apagones, más escasez y más represión se sienten son, casi sin excepción, los barrios donde más población negra hay: San Isidro, Jesús María, Alamar, Guanabacoa. El barrio pobre y el barrio negro, en Cuba, casi siempre son el mismo barrio.
El poder sigue siendo blanco
Aquí está la trampa que casi nadie quiere reconocer: los cuerpos negros llenan las cárceles por resistir, pero los puestos de poder —en el Partido, en el Gobierno, y también en buena parte de la oposición organizada y del exilio histórico— los siguen ocupando mayoritariamente los blancos. Sigue vigente, encima, la vieja prohibición de organizar un partido político “de raza”, la misma lógica represiva de la Enmienda Morúa de 1910 que aplastó al Partido Independiente de Color. Cien años después, un cubano negro puede cantar su reclamo, puede bailarlo, puede tatuárselo — pero no puede, legalmente, organizarlo como partido.
Por eso la identidad negra en Cuba se afirma donde puede: en la música, en la santería, en el performance callejero, en la calle misma. No porque no haya conciencia política — la hay, y mucha — sino porque el camino formal está bloqueado desde ambos lados del Estrecho.
Cuando el barrio habla, el exilio se incomoda
Ahí entran Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Osorbo, dos hijos de San Isidro, uno de los barrios más pobres y más negros de La Habana Vieja. Su forma de protestar —el cuerpo expuesto, el lenguaje directo de la calle, los códigos del solar— no es la misma que la del exilio histórico, forjado en la nostalgia de una Cuba blanca, profesional, de clase media, “perdida” en 1959. Ese exilio los ha usado como símbolo, los ha aplaudido en una canción — pero rara vez los ha dejado liderar el relato de lo que vendría después.
Lo mismo pasa con el reparto, el género que se volvió la banda sonora del éxodo reciente. Nació en los repartos —de ahí el nombre— como heredero de la rumba y la timba, con una estética «asere» que a muchos les avergüenza, según reconocen incluso periodistas cubanos que han estudiado el fenómeno. El reparto no traduce el barrio para hacerlo aceptable: lo trae completo, con su lenguaje vulgar y su aguaje. Y esa autenticidad es exactamente lo que choca contra el español más neutro y los modales de “respetabilidad” que el exilio histórico llevaba seis décadas cultivando en Miami.
Pequeño glosario de la trinchera
• Asere: modo de dirigirse entre iguales, del solar, sin protocolo. Marca de pertenencia al barrio, no al salón.
• Boinas negras: fuerzas especiales del régimen, temidas en los barrios donde más se protesta.
• Cacerolazo: protesta con ollas y cazuelas, típica de los apagones recientes.
• Reparto: género musical nacido en los barrios populares habaneros, mezcla de rumba, timba y reguetón.
Dónde queda la gente del barrio en esta lucha
Ahí está la pregunta que de verdad importa: ¿quién va a liderar la Cuba que venga después? Si la lucha de hoy la sostienen, en su mayoría, los barrios negros y pobres — y las cárceles lo demuestran con una desproporción escandalosa — cualquier proyecto de país que no reconozca ese protagonismo como protagonismo político, y no solo como símbolo o como folclore, va a repetir la misma exclusión de siempre, solo que con otro nombre en la puerta.
No soy negra, pero crecí donde ellos crecieron, y sé reconocer cuándo a alguien lo aplauden por su sufrimiento y cuándo lo dejan sentarse de verdad en la mesa. Todavía, en esta nueva lucha, son muy pocas las sillas si queremos construir una patria «con todos y para el bien de todos».
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