Si pudieras viajar al pasado y presenciar cualquier evento histórico, ¿cuál elegirías?
La caída del Muro de Berlín
Si me dieran la posibilidad de elegir un momento histórico para presenciar, sin dudas elegiría la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989. No por lo que pasó como hecho aislado, sino por lo que representó: el fin de una era en la que se creyó en un mundo nuevo que nunca llegaría; un sistema que no cristalizó porque nunca existió más que como utopía en la mente de algunos y como un modo de enriquecerse para los corruptos, a costa de coartar la libertad de las masas.
Un año antes de ese hecho trascendental, me encontraba en Leipzig en un viaje de estudios. Mis ideas románticas sobre la viabilidad del sistema socialista habían tenido un choque con la realidad la primera vez que vi Berlín y las alambradas que separaban ambos lados de la ciudad. Antes de eso, yo me había creído el cuento de que Cuba no había alcanzado el socialismo porque era un país del tercer mundo, y de que en los países de Europa Oriental y en la URSS el socialismo sí había triunfado y predominaban la felicidad y la abundancia. Pero en aquel viaje pude constatar que todo no era más que una mentira y una manipulación.
Durante ese viaje tuve la oportunidad de conocer personas de otros países de Europa del Este, como Polonia, Checoslovaquia y Hungría, y de intercambiar ideas con ellas sobre el socialismo y la libertad. Los propios alemanes no mostraban la alegría ni la conformidad que yo esperaba encontrar. Las tiendas estaban repletas; parecía haber abundancia, pero las personas se quejaban de ese bien intangible que todos añoran y por el que algunos están dispuestos a luchar: la libertad. Entonces me hice una pregunta inevitable: si el sistema era tan bueno y la gente estaba tan contenta, ¿por qué había que encerrarla detrás de muros y alambradas?
Esa contradicción fue, para mí, más reveladora que cualquier discurso político. La abundancia material, cuando existe sin libertad, se vuelve apenas una vitrina. Puede haber productos en los estantes, edificios ordenados y consignas optimistas, pero si las personas no pueden elegir, opinar, viajar o disentir sin miedo, entonces algo esencial está roto. En Leipzig comprendí que el Muro no solo dividía una ciudad: era la prueba física de que un sistema necesitaba impedir la salida de sus ciudadanos para poder sostenerse.

Un domingo, aburrida, fui a una misa en la Iglesia de San Nicolás conocida porque allí se reunían personas de diversas edades para escuchar predicar sobre la necesidad de revertir el sistema y conseguir la reunificación de un país dividido. La división de Alemania había sido un mal impuesto desde afuera y una herida en el corazón de los habitantes de ese hermoso país. Entonces, en aquella iglesia cuyo nombre no recuerdo, donde se gestaron las manifestaciones de Leipzig, escuché por primera vez hablar en voz alta sobre la libertad. Era en alemán, claro, pero para mí aquel discurso estaba dicho en un lenguaje universal. Con la consigna de «Somos el Pueblo» los habitantes de aquella bella ciudad tomaron las calles.
Me emocioné y lloré. Trasladé aquella situación a la de mi país y pensé en mis hijas, entonces pequeñas. Deseé que ellas crecieran con la posibilidad de elegir, en un país donde hubiera libertad para decidir y para decir en voz alta lo que uno piensa. En ese momento comprendí que la libertad no es una consigna abstracta: es una necesidad íntima, cotidiana, profundamente humana. Tal vez allí se selló mi destino, y ese deseo de escapar de las alambradas y las cadenas terminó trayéndome a este lugar donde ahora vivo.

Cuando supe que había caído el Muro, aquel noviembre, me llené de esperanza. Pensé que la ola liberadora también nos alcanzaría al otro lado del mar. Pero ahí seguimos: unos dentro de la Isla, asfixiados por un sistema que se está autodestruyendo, y muchos de nosotros dispersos por los confines más disímiles del mundo.
Quisiera haber estado allí cuando tumbaron el Muro. Quisiera haber visto cómo aquellos que, momentos antes, celebraban el aniversario de la RDA intentaban escapar por la brecha abierta por la multitud. Años más tarde visité aquella tumba del socialismo: los trozos de muro arrancados, los restos de una frontera absurda y un país tratando de alzarse sobre su historia, dejando atrás el pasado.
Pero todavía deseo con más fervor asistir a la caída de otro muro: el muro de agua que ha separado a Cuba de la libertad durante tantos años; el muro levantado por el régimen más largo, oscuro y sanguinario de nuestra historia, el de los hermanos Castro y sus sátrapas. Porque ningún muro, por alto que parezca, resiste para siempre el deseo de un pueblo de ser libre. Como cayó aquel muro de concreto en Berlín, también caerá algún día ese muro de agua que nos separa de la patria que soñamos. Y cuando eso ocurra, no quisiera verlo por televisión ni saberlo por otros: quisiera estar allí, junto a los míos, para ver abrirse por fin la brecha de la libertad.
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