Se levanta, como cada día, con la cabeza aturdida, sin saber bien dónde está.
Todavía le martillea en la mente aquella canción de su infancia, la misma que tantas veces les cantó a sus hijos:
“Había una vez un barquito chiquitico que no podía navegar…”
Nunca imaginó que su destino sería echarse a la mar. Que tendría que hacerlo en busca de nuevos horizontes, de un futuro mejor para sus hijos y nietos.
Cuando despierta así —como casi todas las mañanas—, con las emociones revueltas, ni siquiera recuerda las pesadillas de la noche anterior.
Se sienta en la cama y se pregunta cómo llegó a ese agujero bajo tierra, donde apenas hay una pequeña ventana al exterior.
Así es la habitación donde vive ahora.
Nada que ver con su balconcito lleno de sol, donde sembraba hierbabuena, albahaca y orégano en pequeñas macetas. A veces, cuando soplaba la brisa, los aromas S se mezclaban con el olor del mar, allá, cerca de la bahía.
Extraña incluso ese olor. El del mar contaminado, cargado de petróleo y desechos. Porque era suyo. Porque era hogar.
Ha intentado recrearlo todo en ese cuarto del sótano donde vive y trabaja, en los suburbios de alguna ciudad del Medio Oeste del gran país del Norte. Pero no es lo mismo.
Se despereza. A tientas, enciende la luz.
En un rincón duerme Randy, el perro del dueño del negocio. Se ha encariñado con ella, como si percibiera su necesidad de compañía. Su presencia le alivia la soledad. A veces siente que incluso la protege de sus sueños.
Se acerca a la ventanita.
Volvió a nevar.
Y esta vez no es una pesadilla.
Para alguien del trópico, la nieve es un sueño prestado: postales de Navidad, películas lejanas, algo hermoso e inalcanzable. Pero ese encanto desaparece cuando hay que vivir dentro de él, cuando cada paso es frío, resbaladizo, necesario.
Por suerte, ella no tiene que salir a la calle. Le basta con vestirse y subir unos escalones. Solo eso la separa del local donde trabaja y donde el dueño, casi por caridad, le permite dormir.
Se viste con su uniforme: pantalón oscuro, camiseta ancha con el nombre del lugar.
Se recoge el cabello, se lava la cara, los dientes.
Y sube.
En la cocina se prepara un café cubano. Fuerte. Corto. Uno de los pocos placeres que todavía conserva.
Se sienta frente a la vidriera.
Todo está cubierto de nieve. Blanco. Limpio. Silencioso.
Los árboles desnudos, el césped cubierto de escarcha, la calle aún vacía.
Sabe que pronto cambiará. Que cuando pase el tráfico, ese manto blanco se convertirá en una mezcla gris, sucia, de nieve y fango.
Como sus sentimientos.
Por un lado, la tristeza por la distancia. Por el otro, una esperanza que empieza a abrirse paso: sus hijos están por llegar. Después de casi tres años.
Si todo sale bien, estarán juntos otra vez.
Para una madre como ella, no hay noticia más grande.
Y, sin embargo, la alegría no llega sola.
También llegan las dudas.
De pronto, se ha quedado sin un lugar estable donde vivir. Tiene que encontrar dónde llevarlos, cómo sostenerlos, cómo empezar de nuevo con lo poco que tiene.
En estos años, la familia ha cambiado.
Su hija mayor se casó. Tuvo un hijo. María no conoce ni al esposo ni al niño.
Se perdió la boda.
Se perdió cumpleaños.
Se perdió graduaciones.
Analía ya no es la misma.
Alex ya es un adolescente.
Y eso pesa.
Se pregunta cómo serán ahora. Cómo la verán. Si la sentirán cerca… o distante.
Pero hay algo que la inquieta aún más.
El padre.
El hombre con el que compartió casi treinta años. Con quien atravesó tiempos buenos y malos.
Ahora está lejos.
Y distinto.
¿Qué pasará cuando los hijos lo vean?
¿Querrán quedarse con él, en aquella ciudad cálida del sur?
¿O vendrán con ella, a este lugar frío del norte?
Son demasiadas preguntas.
Y, por ahora, ninguna respuesta.


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