Capitulo 2: Punto de no retorno

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3–5 minutos

Años después, María recordaría noviembre de 2007 como un punto de no retorno.

Era una tarde calurosa, de esas que a veces regala el invierno en La Habana. Los niños no estaban en casa. Por una vez, estaban solos.

María quiso aprovechar el momento.

Preparó una comida sencilla, pero hecha con esmero. 

Después de cenar, Jorge coló café y salieron al balcón. Se sentaron en los sillones, acompañados por una brisa suave que aliviaba el calor.

Entonces sonó el teléfono.

Fue la llamada que lo cambió todo.

Eran los hermanos de Jorge, desde Miami.

María no le prestó demasiada atención. Su relación con ellos era distante, casi inexistente. Se quedó en el balcón, meciéndose suavemente, observando la vida del barrio.

Los vecinos iban y venían.

Unos regresaban del trabajo. Otros, de “resolver”, como se decía en Cuba: rebuscarse la vida. Algunos se sentaban en los escalones a conversar, sin prisa, como si el tiempo no importara.

Porque en Cuba —pensaba ella— uno puede apurarse todo lo que quiera… y aun así no llega a ninguna parte.

Desde su balcón los veía tomar café mezclado con chícharos, como si fuera el mejor del mundo.

El atardecer era, quizás, el mejor momento del día. La brisa del mar comenzaba a soplar y, por unas horas, parecía que todo estaba en calma.

Jorge regresó distinto.

Excitado. Alterado.

Su relación con sus hermanos siempre había sido complicada. Durante años estuvo marcada por la distancia, sobre todo después de que ellos emigraran. En aquel entonces, Jorge era un revolucionario convencido y apenas mantenía contacto con ellos a través de sus padres.

Pero todo cambió cuando regresaron a Cuba para el funeral del padre.

Ahí se reencontraron.

Después, decidieron llevarse a la madre con ellos. La señora Migdalia estaba enferma y profundamente deprimida tras la muerte de su esposo. Pensaron que, fuera del país, podría tener una mejor atención, tal vez una oportunidad.

Con ese proceso, los lazos se reanudaron. La familia volvió a imponerse sobre la política.

Y para entonces, Jorge ya no era el mismo. Como tantos otros, había dejado de creer.

Se sentó en el sillón. Intentó tomar el café, pero ya estaba frío.

María notó la preocupación en sus ojos.

—¿Pasó algo?

Aunque no simpatizaba con sus cuñados, sentía un profundo cariño por su suegra.

Ella misma había perdido a sus padres años atrás, poco después de nacer su segunda hija. Sus suegros habían sido su apoyo en esos momentos. Por eso le dolió tanto la muerte del padre de Jorge… y también la partida de Migdalia.

Ahora la anciana estaba en fase terminal, en un asilo.

Y quería despedirse de su hijo.

—Mi mamá está muy enferma —le dijo Jorge—. Quiere verme antes de morir… y puede que no llegue a tiempo.

Hizo una pausa.

—Mis hermanos dicen que, si quiero quedarme allá, tienen trabajo para mí. Que puedo ir primero… y después reclamarlos a ustedes. Dicen que ahora ese proceso está más rápido.

Corría el año 2007. Poco antes de terminar su mandato, el presidente George W. Bush había impulsado el Programa de Reunificación Familiar, que aceleró la emigración de muchos cubanos.

—¿Y por qué no nos reclaman a todos? —preguntó María—. ¿Por qué no irnos juntos?

Jorge le explicó.

La salud de su madre no podía esperar. Tampoco tenían dinero para costear el proceso completo de una familia de cinco. Era más viable que él fuera primero, trabajara, reuniera dinero… y luego los trajera.

A María le parecieron razones lógicas.

Pero algo no terminaba de encajar.

Tal vez era intuición. Tal vez desconfianza.

Nunca había confiado en sus cuñados. Había escuchado historias: problemas en Cuba, negocios poco claros fuera de ella. Nada concreto, pero suficiente para inquietarla.

Aun así, la realidad pesaba más.

La vida en Cuba seguía siendo difícil. Crisis tras crisis, carencias constantes. La gente buscaba cualquier salida: contratos, matrimonios, lo que fuera.

Escapar.

Empezar de nuevo.

No perder la vida esperando promesas que nunca llegaban.

Así fue como María aceptó.

Pensando, sobre todo, en el futuro de sus hijos.

A comienzos de 2008, tras semanas de trámites, Jorge se fue a Estados Unidos.

María se quedó.

Al frente de la casa. Sola con los niños. Aferrada a la esperanza de que pronto volverían a estar juntos.

La separación fue dura.

Ellos eran un matrimonio muy unido. Tanto, que sus hijas a veces les reclamaban —con inocencia— que eran las únicas de su clase que tenían una sola familia.

No entendían.

No veían el privilegio.

Su matrimonio era de esos que se hacen con la idea de durar toda la vida. Compartían todo: la casa, los hijos, los sueños.

Pero la vida no avisa.

Y muchos de esos matrimonios “para siempre” no sobreviven a la distancia.

Ni a la emigración.

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