
Esta historia está inspirada en la vida de una mujer humilde llamada María, como bien podría llamarse Ana, Carmen o Luisa. Es la historia de una mujer luchadora que se levanta de sus cenizas después de superar la emigración, la soledad y el abandono.
Es también la historia de muchas de esas madres latinas que se inspiran en sus hijos para salir adelante en situaciones difíciles y está dedicada especialmente a las madres cubanas que tantos ejemplos han dado de resiliencia y sacrificio.
Y por sobre todas las cosas, es la historia de amor de María y Jorge, llena de altas y bajas, silencios y sacrificios.
Quisiera dedicarla especialmente a las mujeres de mi familia:
A mi abuela, Ana Luisa, la mejor cocinera que he conocido.
A mi madre, Carmen, es ejemplo de sacrificio y fortaleza.
A mis hijas Elizabeth, Annia. Ellas representan el espíritu de mujeres fuertes y poderosas, capaces de superar obstáculos y brillar con luz propia.
Finalmente, a mi pequeña Isabel Carmen, mi nietecita, quien merece una mención especial. Aunque aún no había nacido cuando comencé a escribir este relato, su llegada me ha dado la motivación suficiente para concluirlo. Su presencia simboliza la esperanza y la continuidad de los valores familiares.
A mi esposo Fernando, por ser mi maestro y todo un guerrero. A mis nietos Oliver y Leonardo, las luces de mis ojos cansados. Porque no habría una historia de María sin Jorge y porque ellos, cuando son buenos y fieles, nos hacen la vida más fácil y alegre.


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