María llegó a la llamada ciudad del sol en pleno verano de 2011.
El calor la envolvió como un abrazo inesperado después de la travesía, y por un instante sintió que el aire salado le devolvía algo de vida. Mientras ella trataba de orientarse en aquel lugar desconocido, sus hijas, aterrorizadas por no saber de ella, habían logrado contactar a su padre por medio de la familia. Aunque Jorge no había cortado del todo la comunicación, sus mensajes eran escuetos y sus llamadas entrecortadas. Las muchachas, que aún idealizaban al padre ejemplar que habían conocido, imaginaban lo peor: una enfermedad grave, un problema legal, algo que justificara su silencio.
Como todos los inmigrantes ilegales, María tuvo que pasar varios días retenida en un centro de procesamiento. Allí, entre mujeres de todas partes del mundo, conoció a una joven cubana de carácter alegre que le ofreció su amistad y su número de teléfono “por si acaso”. No imaginaba entonces lo importante que sería ese gesto.
Cuando finalmente la llamaron para recogerla, Jorge llegó acompañado de su hermano mayor, Salvador. Aquel hombre, con su mirada oscura y su gesto hosco, siempre le había resultado desagradable. Recordaba las historias de los sufrimientos que él y su hermano menor habían causado a sus padres en Cuba. Salvador manejaba un lujoso Mercedes; Jorge se sentó a su lado en el asiento trasero y apenas atinó a tomarle las manos. Estaban frías y sudorosas. María lo conocía demasiado bien: algo lo tenía nervioso, inquieto, casi asustado.
Aun así, ella se sintió optimista. El recorrido por aquella ciudad luminosa, con sus altos edificios y palmeras que se mecían junto al mar, le devolvió un poco de esperanza. El vaivén del océano le recordó su isla, mientras la modernidad del paisaje parecía prometerle nuevas oportunidades. El roce de las manos húmedas de Jorge le transmitió cierta seguridad, y aunque el reencuentro había sido frío, lo atribuyó a la presencia incómoda de Salvador.
Se detuvieron en el famoso paseo marítimo para tomar algo. María inhaló el aire salado, sintió el sol acariciándole la piel y, por un instante, creyó que todo lo vivido en los últimos dos años quedaba atrás. En una pequeña cafetería, pidió un café con leche y un pastelito. El aroma del café recién hecho la reconectó con su hogar. Mientras saboreaba su merienda, pensó que tal vez la vida le estaba dando una segunda oportunidad: pronto reuniría a sus hijos, y Jorge seguiría siendo el hombre al que había amado toda su vida.
Pero la presencia del hermano no les permitió conversar a gusto. Salvador hacía preguntas vagas, casi inquisitivas, como si quisiera controlar la conversación. María respondió con la misma vaguedad. Cuando volvieron al auto, fue ella quien buscó las manos de Jorge. Esta vez estaban cálidas. Ese pequeño cambio la tranquilizó. Recordó entonces los días de risas y complicidades, las tempestades que habían superado juntos, la fuerza de un amor que siempre había resistido.
“Todo lo que pasa, conviene”, pensó, aferrándose a esa idea como quien se aferra a una tabla en medio del mar.
El auto se detuvo frente a un hotel modesto. María se sorprendió.
—¿Qué lugar es este? — preguntó.
—Nos vamos a quedar aquí esta noche — respondió Jorge.
No entendía por qué no iban a su apartamento, pero decidió no preguntar. Tal vez, cuando estuvieran a solas, todo tendría sentido.
Antes de entrar, miró el mar y sintió que la ciudad la recibía con los brazos abiertos. No sabía aún que, detrás de tanta luz, se escondían sombras que pronto comenzarían a revelarse.


Deja un comentario