Un buen día aparecieron en la escuela unos chicos vestidos de uniforme color café. Pertenecían al Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce, creado por Fidel para suplir la carencia de profesores.
Fueron asignados a las aulas porque las clases por televisión habían fracasado y los alumnos no aprendían nada.
Con ellos llegó Arlene.
Era una chica luminosa: No solo por su belleza, sino por esa cualidad que tienen algunas personas de atraer todas las miradas. Estaba llena de vida, de gracia y simpatía.
Solo tenía unos 18 años, unos pocos más que sus alumnos. Era alta y espigada, pero con curvas. Su pelo era largo y rubio y sus ojos grandes de color azul intenso, una combinación exótica en el Caribe.
Con los maestros improvisados se establecieron relaciones que iban más allá de los protocolos que deberían existir entre alumno y maestro.
Arlene tenía muchos pretendientes pero fue Jorge quien logró enamorarla.
María no sentía envidia de ella.
Sabía que no podía competir con una chica como Arlene, ella, el patico feo de la historia, de quien todos se burlaban llamándola “nadadora” o “tabla de planchar“ y que pasaba inadvertida para todos.
Arlene y Jorge se convirtieron en una pareja formal, con petición de mano y anillo de brillantes incluidos. Entonces María perdió las pocas esperanzas de que algún día Yoyi, como le llamaban los amigos, pusiera sus ojos en ella.
Poco antes de terminar el curso, convocaron a una reunión en el salón de actos de la escuela con el objetivo de reclutar alumnos para el llamado Destacamento Pedagógico.
Los jóvenes maestros leyeron un comunicado y hablaron de la importancia de dar un paso al frente en aquel “momento histórico”. Luego pidieron que quienes se ofrecían como voluntarios para participar en aquel proyecto levantaran la mano. Los nuevos aspirantes deberían internarse en una de las nuevas escuelas en el campo, donde, además, según aquellos chicos, se divertían de lo lindo lejos del control de sus padres.
De más está decir que el primero en levantar la mano fue Jorge. No lo hizo porque tuviera vocación por el magisterio, sino por su apasionamiento por Arlene.
Inspirados por Jorge, muchos otros levantaron la mano.
Una de ellas fue María Luisa.
Ella tampoco lo hizo motivada por su vocación, ni porque quisiera sacrificarse por la Revolución, sino por amor. No podía imaginar estudiar en otra escuela donde no estuviera Jorge, aunque no pudiera estar con él.
Lo hizo y luego tuvo que convencer a sus padres de dejarla ir lejos de su casa para estudiar magisterio, algo que nunca había sido su vocación.
Pero a los 16 años nadie sabe lo que quiere, así que sus padres aceptaron sus razones, sobre todo porque estaba acudiendo a un llamado de la Revolución.
No sospechaban de su amor platónico.
María los convenció hablándoles de la importancia de dar el paso al frente en aquel momento, etc., etc. Y en parte confiando en el sentido común de su hija, y en parte movidos por sus convicciones revolucionarias, aceptaron.
No todos los padres aprobaron la idea de dejar ir a sus hijos a aquellas escuelas donde perdían el control o autoridad, por lo que el numeroso grupo se redujo a menos de la mitad.
Cuando pasó el verano y comenzó el curso escolar, partieron a la nueva escuela situada en las afueras de la ciudad, donde además de estudiar, tendrían que trabajar en las plantaciones de cítricos para cumplir el principio martiano de combinar el estudio con el trabajo.
El primer año transcurrió sin más incidentes. Estudiaban, trabajaban, salían de pase los fines de semana.
El grupito de sobrevivientes se reunía los fines de semana para ir al cine, a Coppelia, al Malecón, a los lugares que frecuentaban los jóvenes por aquel entonces.
María observaba con tristeza las manifestaciones de amor de la pareja que parecía estar profundamente enamorada.
Jorge era el cazador cazado. Se había apasionado por la hermosa rubia. Ella le llevaba dos años y parecía contar con más experiencia y recursos para dominar al picaflor.
La felicidad de la pareja no duró demasiado tiempo.
Una noticia bomba los esperaba al comenzar el nuevo curso.
Durante las vacaciones, Arlene había desertado de su misión y viajado a los Estados Unidos con su familia y ni siquiera se había despedido de Jorge.
Fue una gran sorpresa para todos. La familia de Arlene era comecandela, o sea, de esa gente que parecía ser muy revolucionaria, pero que en la sombra estaban haciendo gestiones para escapar del país, los llamados tapaditos.
María recordaba la elocuencia con que Arlene trataba de convencer a los otros alumnos de la importancia de dar un paso al frente en el “momento histórico que se estaba viviendo”.
La joven celebró su partida en silencio, aunque no albergaba esperanzas de llegar a tener una relación con Jorge.
Simplemente le alegraba que estuviera libre, aunque sabía que el chico no pasaría mucho tiempo solo.
Por su parte, Jorge disimulaba muy bien su decepción.
Como buen macho cubano no se permitía demostrar debilidad. A los varones se les inculca desde pequeños que mostrar tristeza o llorar es incompatible con la hombría.
Así que tuvo que tragarse su dolor y sus lágrimas y mostrar su mejor rostro.

El Destacamento Pedagógico fue un programa creado en Cuba en los años 70 por Fidel Castro para enfrentar la carencia de maestros. Consistía en reclutar jóvenes (muchos desde 10.º grado) y darles una preparación acelerada para enviarlos a enseñar, sobre todo en las escuelas secundarias en el campo.


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