La juventud tiene una luz especial.
María conservaba recuerdos muy gratos de aquella etapa: tiempos de inocencia, en los que muchos se sentían privilegiados de aportar su granito de arena a la construcción de una nueva sociedad.
A pesar del trabajo en el campo, la mala comida y las incomodidades, había algo que lo hacía todo más llevadero: Jorge estaba allí… y ella lo sentía cada vez más cercano.
Sin darse cuenta, se volvieron inseparables. Eran mejores amigos. María Luisa incluso se hizo militante comunista solo por asistir a las reuniones con él.
Pasaban horas juntos en la escuela y luego salían en grupo los fines de semana. Y, para su sorpresa, Jorge ya no andaba detrás de otras muchachas, a pesar de que no le faltaban pretendientes.
Llegó a pensar que le estaba guardando fidelidad a Arlene. Luego supo que ni siquiera tenían correspondencia. No se veía bien que un militante comunista se estuviera carteando con una desertora, una gusana. Muchas chicas trataron de acercarse a él, pero él no mostraba interés.
María Luisa lo comentó con una de sus amigas del grupo.
—Lo veo muy serio, como si hubiera madurado. No anda atrás de nadie. ¿Será que extraña a Arlene?
La amiga le respondió riéndose:
—¿Tú estás ciega, mija? Ese está metido contigo como un clavo en la pared. Lo que pasa es que no se atreve a decirte nada, porque tú eres muy seria. No le das entrada.
María negó, riéndose.
—Tú estás loca. Eso es un chiste. Somos amigos… nada más. Él no me mira como mujer.
La amiga la miró con picardía.
—La que no se mira eres tú. Tienes complejo de patico feo… y el patico ahora es cisne, pero ni cuenta te das. Todo el mundo sabe que Jorge está enamorado de ti. Pero tienes que ayudarte: arréglate más, sé coqueta… que vea que hay competencia. Levanta esa autoestima.
El comentario, aunque dicho con crudeza, le removió algo por dentro.
María no entendía muy bien qué tenían que ver esas cosas con la autoestima, pero decidió intentarlo.
Con los pocos recursos que tenía, empezó a cambiar pequeños detalles: se peinaba diferente, elegía mejor la ropa, hablaba más, se mostraba más abierta.
Y, poco a poco, algo cambió.
Tal vez fue su transformación. Tal vez la ayuda silenciosa de su amiga. O tal vez todo junto.
Un día, de regreso a casa en el autobús escolar, Jorge la invitó al cine… y a Coppelia.
Era la cita por excelencia de aquellos tiempos.
Cuántos amores habrían comenzado en la oscuridad del cine Yara y terminado de sellarse frente a un “Tres Gracias” o una ensalada de helados en la heladería más famosa de La Habana.
En el cine, sus manos se rozaron. María apoyó la cabeza en su hombro. Él la besó: un beso tímido, de piquito. Era la primera vez para ella.
Después, sentados frente a frente en Coppelia, tras una larga cola, Jorge le preguntó:
—¿Quieres ser mi novia?
Y ella, sin dudarlo, respondió que sí.
Así comenzó una relación que duraría años.
Desde entonces fueron inseparables: amigos, compañeros, amantes. Vivieron su intimidad en los rincones vacíos de la escuela, aprovechando los fines de semana en que se quedaban con cualquier pretexto de trabajo voluntario.
Una de esas tardes, Jorge le dijo que era la mujer de su vida. Que quería casarse con ella al terminar los estudios.
Y así fue.
Al graduarse, los ubicaron en escuelas diferentes: él como profesor de matemáticas, ella, de inglés. Con sus primeros sueldos reunieron dinero para una boda sencilla y apresurada, antes de que se notara el embarazo de Ariadna, su primera hija.
La familia de Jorge no recibió a María con mucho entusiasmo. Y como conseguir vivienda era casi imposible, se instalaron en casa de los padres de ella.
Primero nació Ariadna. Luego, Analia. Años después, cuando pensaban que su familia estaba completa, llegó Alex.
Fueron felices.
Muy felices.
Construyeron una vida juntos, en las buenas y en las malas. Se acompañaron en las pérdidas, en la muerte de los padres, en las despedidas. Criaron a sus hijos, enfrentaron tiempos difíciles y celebraron los pocos momentos de bonanza.
Se entendían sin hablar. Se complementaban en todo.
Parecían uno de esos matrimonios que solo la muerte podría separar.
Por eso, cuando él se marchó, el vacío fue inmenso.
Y con el tiempo, ese vacío se hizo aún mayor… cuando las cartas comenzaron a espaciarse, y las noticias dejaron de llegar.

En 1966, por su amor al helado, Fidel Castro mandó construir la heladería Coppelia, del tamaño de una manzana, en La Habana.


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