Cuando Jorge le habló por primera vez de la propuesta de sus hermanos, una punzada de temor inexplicable atravesó a María. No sabía si era miedo a comenzar de nuevo en un país extraño o una de esas premoniciones de telenovela en las que alguien intuye que algo malo está por suceder.
—¿Y no tienes miedo a empezar de nuevo tan lejos, a nuestra edad? Ya no somos niños —le preguntó ella.
—Pero ya no se trata de nosotros, se trata de nuestros hijos —respondió él, con una convicción que no admitía réplica.
Entonces comenzó su largo discurso, lleno de verdades como templos: el futuro incierto de Ariadna, obligada a estudiar una carrera que no quería; las pocas perspectivas de Analia, demasiado rebelde para encajar en el molde que exigía el sistema; el temor de que Alex terminara en el Servicio Militar, enviado quién sabe a qué país en guerra. Habló de la falta de tecnología, del acceso casi nulo a la información, de la escasez de alimentos, ropa y medicinas. Habló del país que se desmoronaba y del deber de proteger a sus hijos de un destino que no merecían.
María no pudo contradecirlo. Lo conocía demasiado bien para no reconocer la verdad en cada una de sus palabras. Así terminó aceptando su plan: él se iría primero y, una vez establecido, los mandaría a buscar. Sus hijos no solo lo aprobaron, sino que lo celebraron. Estaban cansados de ver cómo sus amigos con familiares en el extranjero disfrutaban de cosas que ellos ni soñaban tener.
A principios de 2008, Jorge partió. María y los niños lo despidieron en el aeropuerto con lágrimas y promesas de fortaleza. Cuando el avión despegó, los cuatro se abrazaron, jurándose resistir la ausencia porque, en menos de dos años, estarían reunidos.
Pero el tiempo comenzó a pasar, y la comunicación entre ellos se volvió cada vez más escasa. Las respuestas de Jorge eran vagas, los plazos se alargaban, las excusas se repetían. A finales de ese mismo año, apenas recibían una llamada ocasional y un poco de dinero por Navidad.
La situación de María en la escuela donde trabajaba como profesora se volvió incómoda. Aunque ya no existía el extremismo de otras épocas, la sombra de la “deserción” de Jorge la perseguía. Cuando él no regresó de su permiso, la presión se volvió insostenible. Renunció. Con el salario de profesora no podía mantener a sus hijos, y las remesas eran tan esporádicas que apenas alcanzaban para lo básico.
Comenzó entonces a trabajar como guía informal de turistas, aprovechando su dominio del inglés. Daba clases de español a los clientes que le conseguía su cuñado. Sobrevivía como podía, pero por dentro se desmoronaba. Lloraba por las noches, escondiendo su tristeza a sus hijos. Ariadna y Analía, ya adolescentes, cargaban con el peso de consolarla. Alex, más pequeño, pasaba mucho tiempo con sus tíos, quienes lo adoraban.
Una noche, acostadas las tres en la cama, Analía soltó una idea que parecía una locura.
—Mamá, tú deberías irte a ver qué pasa con papá. Mucha gente se está yendo en lanchas rápidas. El papá de una amiga se fue así y ya mandó a buscar a la familia. ¿Y si mi papá está enfermo y no quiere decirnos?
Ariadna, siempre la voz de la razón, protestó:
—¿Y cómo se va a montar mi mamá en una lancha? Si apenas alcanza para mantenernos. Además, eso es peligrosísimo. La gente se ahoga, se los comen los tiburones…
Pero la idea quedó sembrada. Y creció. Y se convirtió en decisión.
María ya no podía soportar la incertidumbre. No saber qué había sido de Jorge en dos años y medio la estaba consumiendo. Gracias a su trabajo con turistas, encontró la vía para escapar. Vendió el apartamento de sus padres y reunió el dinero necesario.
Por momentos pensaba que era una locura. ¿Cómo dejar atrás a sus hijos? Pero sabía que estarían seguros con su hermana y su cuñado. Las muchachas apoyaron su decisión. Alex, demasiado pequeño, no entendió del todo.
A mediados de 2011, María salió de Cuba. Con angustia, con miedo, con esperanza. Con el corazón dividido entre lo que dejaba atrás y lo que esperaba encontrar del otro lado.
En un barquito chiquitico —como decía la canción— se lanzó a un destino incierto, sin imaginar que lo que la aguardaba no era el reencuentro que había soñado, sino la verdad más dura de su vida.


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