9. La nueva amiga cubana

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La nueva mejor amiga de María Luisa se llamaba Marisa. Se habían conocido durante los días difíciles en el centro de procesamiento, donde ambas, agotadas y vulnerables, se sirvieron mutuamente de consuelo. Entre lágrimas, silencios y confesiones, nació una amistad inesperada.

Marisa era todo lo contrario a María Luisa: bulliciosa, extrovertida, segura de sí misma, con una energía que llenaba cualquier espacio. Pero detrás de esa fuerza había una historia marcada por el abandono del padre de su hijo y por la pobreza que la obligó a emigrar. Su niño, un chico especial, había quedado en Cuba al cuidado de sus padres.

—Cuando logre establecerme aquí, lo mando a buscar —decía siempre—, pero tendré que traer a mis viejos también, porque ellos no se separan de él por nada de esta vida.

Al día siguiente, Marisa llegó al hotel donde María estaba hospedada, acompañada de su primo Alfonso. Fueron de compras, recorrieron la ciudad y terminaron comiendo en un restaurante cubano. Entre risas y confidencias, Marisa soltó su sentencia:

—Mira, niña, sal de ese hotel de mala muerte y ven a vivir conmigo. Si tu marido no te va a hacer caso y te va a tener trancada ahí sola, mejor ven conmigo. Tenemos que hacer trámites y tú sabes inglés.

—El hotel no está tan malo —respondió María—, pero por las noches hay peste a marihuana y me da miedo salir. Si esta noche tampoco viene, me voy contigo mañana.

Marisa la miró con esa mezcla de cariño y franqueza que solo tienen las amigas verdaderas.

—Una sabe, mi niña. Una conoce a su marido. Si está frío, si tiene otra…

—No —la interrumpió María, sonrojándose—. Todo estuvo como antes… creo que mejor que antes. No sé si por el tiempo que estuvimos separados —dijo, recordando la noche anterior con una sonrisa tímida—. Creo que más bien es algo de su familia. Se comportó muy extraño delante de su hermano.

—Será eso. Pero aun así, no dejes que nadie te humille. Si no te quiere hacer caso, ven conmigo.

María Luisa le pidió tiempo para pensarlo. Pero los días pasaron y Jorge no regresó. Solo excusas, silencios y promesas vagas. Antes de que la reservación del hotel terminara, tomó una decisión: irse con Marisa.

La casa donde se estaba quedando su amiga estaba vacía; la tía se había ido con su nueva pareja y no había nadie más. El silencio del lugar contrastaba con la calidez de Marisa, que la recibió como si fuera familia.

María cerró la puerta del hotel detrás de sí, con la maleta en la mano y el corazón dividido.

Marisa la estaba esperando afuera, apoyada en el carro de Alfonso, y le dijo con su voz firme y dulce:

—Vámonos, mi niña. Nunca dejes que nadie, ni siquiera tu marido, te humille de este modo.

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