En la memoria colectiva del cubano no hay tragedia política que no termine tamizada por el filtro del humor negro. Cuando en 1983 la propaganda oficial pretendía vender el mito de una masa inmolada «abrazada a la bandera» en la isla de Granada, la realidad de la rendición del coronel Pedro Benigno Tortoló hizo colapsar el relato. En cuestión de días, el ingenio popular inmortalizó la huida con un eslogan burlesco que recorrió cada esquina del país: «Si quieres correr veloz, usa tennis Tortoló».
Aquel chiste, que nació para ridiculizar la caída del mito de la «invencibilidad revolucionaria», cobra hoy un matiz completamente distinto cuando se contrapone a una nueva modalidad de fuga: la de los diplomáticos y funcionarios que abandonan los salones internacionales para ir a «guapear» a las redes sociales.
Del chiste popular a la lección de historia

Durante décadas, el nombre de Tortoló sirvió como sinónimo de cobardía en las bromas cotidianas. Fidel Castro, enfurecido porque el coronel no cumplió la orden suicida de combatir «hasta el último hombre y la última bala» contra el aplastante despliegue de las tropas estadounidenses, lo degradó a soldado raso y lo convirtió en el chivo expiatorio perfecto para encubrir un colosal fiasco militar y diplomático.
Sin embargo, visto con la perspectiva del tiempo y lejos del chiste callejero, la decisión de Tortoló de replegarse y no ordenar una resistencia absurda no fue una cobardía, sino un destello involuntario de cordura. Mal armados y rodeados, someter a más de 700 constructores y colaboradores cubanos a una masacre solo habría servido para alimentar el pedestal de martirio del régimen. Tortoló prefirió cargar con el estigma y la degradación —e inspirar la famosa marca imaginaria de tenis veloces— antes que enviar a la muerte a hombres bajo su mando. La historia, al final, demostró que su huida salvó cientos de vidas reales.
Los «guapetones» de teclado: Huir de la palabra
Cuarenta años después, presenciamos un fenómeno inverso pero despojado de toda dignidad. En las asambleas y foros internacionales, cuando la representación oficial de la Isla es confrontada con la verdad de los derechos humanos o el desastre económico, la estrategia predilecta vuelve a ser la estampida: levantarse del asiento, dar la espalda y salir del recinto.
Pero a diferencia de Tortoló, estos «guapetones» contemporáneos no huyen del fuego cruzado ni de la muerte inminente: huyen del debate, de las ideas y de los argumentos. Y lo más insólito ocurre minutos después. Una vez refugiados en los pasillos o en la comodidad del hotel, sacan el teléfono inteligente y encienden las redes sociales.
Ahí, protegidos por una pantalla y a miles de kilómetros de cualquier peligro real, se desata la guapetería digital: tuits enfurecidos, adjetivos épicos y consignas altisonantes. Es el heroísmo de riesgo cero. Se huye de la confrontation cara a cara para montar un show de valentía virtual ante un público cautivo.
Dos formas de correr
El contraste deja al descubierto una profunda quiebra moral:
- Tortoló corrió para evitar que sus subordinados terminaran dentro de un ataúd por capricho de un dictador. Cargó con la burla del pueblo y el castigo del poder, pero devolvió vivos a sus hombres a sus familias.
- Los diplomáticos del régimen corren porque carecen de argumentos para sostener un debate democrático. Usan la red social como escudo para simular una fuerza que no tienen cuando se apagan las cámaras de la asamblea.
El chiste de los tennis Tortoló nació de la rabia popular contra la mentira oficial. Hoy, al ver a las delegaciones oficiales abandonar la mesa de discusión para atrincherarse en X (Twitter), valdría la pena preguntar de qué lado está la verdadera cobardía. Porque huir de las balas para salvar vidas es un acto de humanidad; pero huir de la verdad para refugiarse detrás de un teclado es la forma más grotesca del ridículo.
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