Y no voy a hablar del tiburón que atacó a un bañista en una playa de Panama City, sino de ese tiburón vividor y sinvergüenza que vive en el imaginario público. Ese que es depredador y asesino y que algún día recibirá su castigo.
Un tiburón de saco y corbata
Hay frases que se quedan grabadas en el ADN de un país porque retratan, mejor que cualquier libro de historia, la psicología de una época. En Cuba, durante más de un siglo, sobrevivió un refrán que combinaba la resignación, la picaresca y el choteo político: “Tiburón se baña, pero salpica”.
Tradicionalmente, nuestro hablar popular definió al «tiburón» como esa persona codiciosa, pilla o arribista que, al alcanzar una posición de poder, lograba lucrar y beneficiarse a manos llenas. El término nació con nombre y apellido: José Miguel Gómez, aquel presidente de los albores de la República a quien apodaban así. El hombre robaba, sí, pero bajo las reglas del clientelismo: para sostenerse, repartía «botellas», prebendas y favores. El refrán sellaba un pacto implícito: el de arriba se daba un banquete, pero dejaba caer las migajas para que los de abajo no murieran de hambre.
Sin embargo, los tiempos cambian y los especímenes evolucionan. Hoy, ese refrán ha quedado obsoleto. En la Cuba actual ha surgido un nuevo tipo de escualo que ha roto todas las reglas de la picaresca cubana. Ya no hablamos de un político corrupto tradicional; hablamos del actual gobierno de Cuba y de GAESA, un verdadero depredador corporativo y militar.
La ilusión de la pobreza vs. el monopolio de la riqueza
Durante mucho tiempo se ha vendido la narrativa de que Cuba es simplemente un país pobre, desprovisto de recursos. Pero la realidad es otra. Recientemente ha quedado al descubierto el tremendo potencial que esconde la isla: no solo se trata de hoteles de súper lujo que brotan en medio de la miseria, sino de la extracción a gran escala de recursos valiosísimos como el petróleo, el níquel, el cobalto e incluso el oro. Eso sin contar que símbolos nacionales como el tabaco y el ron se comercializan y generan millones de dólares en el mundo entero.
La pregunta obligada es: ¿A dónde van a parar esas ganancias? Desde luego, no a los hospitales sin insumos, ni a las escuelas en ruinas, ni a los bolsillos del pueblo cubano.
El nuevo tiburón: El que se baña solo

Si establecemos un paralelismo entre el «Tiburón» republicano y este entramado verde olivo que hoy controla la economía, la diferencia es tan abismal como aterradora:
- De la corrupción local al paraíso fiscal: Mientras los antiguos corruptos gastaban o invertían de manera visible en el entorno nacional, las ganancias del monopolio actual se desvían de forma opaca hacia complejas redes de cuentas offshore en paraísos fiscales.
- La gran vida de la cúpula: Mientras los hijos y familiares de esta nueva élite tecnócrata viven «la gran vida», viajan por el mundo y ostentan lujos inimaginables, las madres cubanas tienen que hacer milagros diarios para conseguir un pedazo de pan o un vaso de leche para sus hijos.
- El fin del «salpique»: Este nuevo depredador no necesita votos, por lo tanto, no necesita complacer a nadie. Ha eliminado el «salpique» por completo. Succiona todo el capital del turismo, de las remesas y de las tiendas en MLC, y lo vuelve a inyectar en su propia maquinaria para construir más hoteles vacíos.
Una actualización necesaria para nuestro diccionario
Si tuviéramos que actualizar la definición de la frase proverbial en el contexto del siglo XXI, tendríamos que despojarla de cualquier matiz de complicidad o gracia. El «tiburón» de hoy no comparte, no ayuda a los amigos del barrio, no deja caer migajas.
La realidad ha superado los límites de la picaresca. Hoy la frase se ha transformado en una denuncia trágica: el tiburón actual se baña solo, se lo traga todo, y al pueblo lo deja en la más absoluta sequía.

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