Había una vez en La Habana un hotel llamado el Comodoro, que tenía una discoteca donde los jóvenes se reunían a bailar y socializar.
La Disco Habana Club era un espacio deslumbrante, con luces espectaculares, excelente acústica y la mejor música del momento, pero con precios que no eran, ni de cerca, asequibles para la mayoría. A modo de acallar el malestar y la envidia que aquello ocasionaba en los jóvenes comunistas supuestamente entregados a la causa, las instituciones comenzaron a repartir invitaciones selectas para asistir a aquel «lugar prohibido». Como siempre, esto dio lugar a malos manejos y privilegios.
Pero no les bastó. Cuando la cúpula vio que la situación se les iba de las manos, que el dueño extranjero estaba ganando demasiado dinero y que allí se movían dinámicas que no encajaban con la retórica socialista, le «metieron mano». Hicieron lo que sabían hacer siempre que algo empezaba a progresar fuera de su control absoluto.
El propietario, un empresario extranjero que había apostado su capital en la isla, nunca se imaginó que perdería toda su inversión de la noche a la mañana. Llegó confiado en contratos firmados y promesas de apertura, sin entender que en ese escenario las reglas del juego cambian según el estado de ánimo de la cúpula. No hubo juicios, ni arbitrajes, ni derecho a réplica; solo un candado en la puerta, cuentas congeladas y el vacío absoluto del despojo.
Esta historia, sin embargo, no era nueva; era solo un capítulo más de un guion cíclico. Antes de la Operación Lacra en 1998 —que usó el pretexto de erradicar los males sociales para apagar la noche habanera—, el país ya había visto la famosa Operación Maceta en los 90 persiguiendo el efectivo de los nuevos ricos, y mucho antes, en los 80, la ofensiva contra los Mercados Libres Campesinos. En aquel entonces, a los productores independientes que intentaban vender sus cosechas al margen del Estado los bautizaron despectivamente como «Los Bandidos de Río Frío». Les interceptaban los camiones, les quitaban la mercancía y los despojaban de sus ganancias. Una práctica de asfixia al que progresa que, tristemente, continúa hasta el sol de hoy.
Detrás de las espectaculares redadas nocturnas y del discurso moralista, lo que realmente se ejecutaba era el conocido guion del despojo. Un golpe fulminante que no solo congeló inversiones, sino que arrasó con vidas humanas. Para el personal y los directivos locales que sostenían el día a día del lugar, verse de pronto atrapados en medio de interrogatorios, registros y la pérdida absoluta de su sustento bajo acusaciones tan graves, desató una presión psicológica devastadora. Hubo personas que fueron acusadas injustamente, profesionales que perdieron sus empleos y quienes, ante la indefensión y el estrés de aquella rebambaramba, sufrieron colapsos de salud fulminantes de los que nunca se recuperaron.
Al final, lo que quedó fue una lección demoledora que algunos, en su momento, no quisieron escuchar: con los comunistas no se negocia. No hay prosperidad posible en un lugar donde no hay libertad, y no puede haber inversión segura si no existe el más mínimo marco de derecho o arbitraje independiente.
Hoy en día, la crisis continúa y los fenómenos colonizadores de la supervivencia —como el jineterismo, el pinguerismo y las drogas— corren a pululu y a una escala cada vez mayor. Pero el sistema sigue apostando a los parches en lugar de ir a la raíz del problema.
En este escenario, Cuba llama hoy a los inversionistas extranjeros y nacionales a apostar una vez más por su proyecto fallido, ahora remendado con 175 medidas que no están contando con la realidad de la geopolítica. No sé quién querrá arriesgarse a un nuevo Comodoro o a sufrir lo que recientemente le ocurrió al cubanoamericano dueño del «Costco cubano». Estados Unidos ya aprendió su lección cuando la administración de Obama flexibilizó el embargo y el régimen solo aprovechó la apertura para fortalecer su aparato de control.
El tiempo dirá si los empresarios de hoy tienen la misma memoria corta, o si finalmente todos han aprendido la lección.
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